Los niños no son una maldición


Por Josué I. Hernández


         Lamentablemente, son muchos los que no consideran a los niños como un regalo precioso de Dios (Sal. 127:3). En cambio, piensan que los niños son una carga, una molestia, e incluso, una maldición. Ciertamente, hay responsabilidades importantes en la crianza de los niños. Los padres deben estar dispuestos a sacrificar el ego, el dinero, el tiempo, etc. Sin embargo, la alegría que viene al ser bendecido con hijos debe superar cualquier dificultad por tales sacrificios.

         El ejemplo de Jesucristo nos proporciona un paralelo con nuestro estudio de la crianza de los hijos. El escritor a los hebreos dijo, “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb. 12:2).
Jesucristo estaba dispuesto a sacrificar su vida por el gozo puesto delante de él, para llevar a muchos hijos de Dios a la gloria (Heb. 2:10). Así como Jesús estuvo dispuesto a sacrificarse a sí mismo por nosotros, los padres deben sacrificarse por el bienestar de sus hijos. Sin embargo, demasiados padres se enfocan egoístamente en la demanda de responsabilidad que generan sus hijos. Observemos dos ejemplos extremos para ilustrar esta mentalidad egoísta:

         “Y le dijo el rey: ¿Qué tienes? Ella respondió: Esta mujer me dijo: Da acá tu hijo, y comámoslo hoy, y mañana comeremos el mío. Cocimos, pues, a mi hijo, y lo comimos. El día siguiente yo le dije: Da acá tu hijo, y comámoslo. Mas ella ha escondido a su hijo” (2 Rey. 6:28,29).

         Cuando Samaria estaba sitiada, la gente se desesperó. Esta mujer hizo un acuerdo con otra para comer a su hijo y sobrevivir la hambruna. Ciertamente, los tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Sin embargo, esta es una línea que ningún padre debe cruzar, ya que indica que uno carece de afecto natural (Rom. 1:31), lo cual todos los seres humanos deben tener.
A pesar de que el canibalismo no es común hoy en día, la mentalidad de la madre de este pasaje sí lo es. Estaba dispuesta a sacrificar a su hijo por su propio bienestar. La crianza de los hijos debe llevar a que los padres hagan lo contrario. Son los padres lo que deben sacrificarse por sus hijos.

“Y edificaron lugares altos a Baal, los cuales están en el valle del hijo de Hinom, para hacer pasar por el fuego sus hijos y sus hijas a Moloc; lo cual no les mandé, ni me vino al pensamiento que hiciesen esta abominación, para hacer pecar a Judá” (Jer. 32:35).

Estas personas fueron culpables de lo que para nosotros es impensable: sacrificar a sus hijos como ofrendas quemadas a un ídolo. Es fácil, por supuesto, entre esta práctica y el aborto, establecer un paralelo. Pero, sigamos con la idea central de este artículo. Un ídolo no es necesariamente una imagen esculpida como la que a menudo vemos condenada en la Biblia. Un ídolo es cualquier cosa que rivaliza o reemplaza a Dios, en cuanto a nuestra lealtad y devoción. Por ejemplo, la avaricia es idolatría (Col. 3:5).
La gente ha hecho ídolos del dinero, su carrera, el placer, el estilo de vida, su cuerpo, etc. Muchos padres están dispuestos a sacrificar a sus hijos por la devoción hacia su ídolo, el cual le estimula por los objetivos terrenales. Los niños son vistos por muchos como un obstáculo molesto a la realización personal de los padres egoístas.

Una razón evidente por la cual muchas personas rehúsan contemplar a los niños como un regalo precioso de Dios, es que no creen en la existencia de Dios, debido al naturalismo que han abrazado. Las Escrituras nos dicen que el hombre es hecho a la imagen y semejanza de Dios (Gen. 1:26,27). Pero, si Dios no existe, el hombre no es diferente a los animales (cf. Ecles. 3:19-21).

Aquellos que rechazan el sobrenaturalismo, verán que el destino del género humano no es diferente al de los animales. Y por lo tanto, para ellos, los hijos no serían un regalo de Dios, sino la consecuencia física de la unión sexual. Con esto en mente, no hay moralidad objetiva, ni valores vinculantes establecidos, la vida no tiene propósito, y si algún niño es una consecuencia no deseada, el aborto no sería un problema.

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