La espada de Cristo


Por Josué I. Hernández


            La Biblia describe a Jesús como “Príncipe de paz” (Is. 9:6). Esto es cierto, pero mal entendido por muchos, ya que la “paz” que Jesús nos proporciona es diferente a la paz que la mayoría de los hombres desea y busca.  
Cristo hizo posible la reconciliación entre el hombre y Dios, y la consecuencia inmediata es la paz con Dios en el cuerpo de Cristo (Ef. 2:13-22). Para lograr la paz con Dios, Cristo atacó el problema que causa la enemistad, el pecado (Is. 59:1,2). Como aprendemos de la Biblia, la paz de Cristo no es la actitud tolerante y política que ha afectado al mundo religioso de hoy.
Cristo murió para darnos paz, y “el castigo de nuestra paz fue sobre él” (Is. 53:5). Así fue como en su misión para lograr la paz entre el hombre y Dios, él fue rechazado por el pueblo, y crucificado (Is. 53:3; Hech. 2:22,23).
Es natural, por lo tanto, que los seguidores de Cristo serán despreciados por el mundo. De hecho, Jesús advirtió a sus discípulos de esto: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn. 15:18,19).

         Jesús no vino a establecer un paraíso utópico aquí en la tierra, donde todos los hombres vivirían en paz y armonía terrenales. Él vino para traer a los hombres de nuevo a la comunión con Dios. Nuestra elección es simple, ser amigos de Dios o amigos del mundo (Sant. 4:4).
         Debido a la naturaleza de la guerra en la que estamos (Ef. 6:12,13) y la paz por la cual estamos combatiendo, Jesucristo nos advirtió que podríamos experimentar conflictos con aquellos que están más cerca de nosotros: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mat. 10:34-36).
         Esta es la enseñanza del Príncipe de paz. Si deseamos seguirle, tal vez tengamos que sufrir la oposición de nuestros propios parientes. Por lo tanto, debemos decidir qué es lo más importante para nosotros. Debido a esto, Jesucristo dijo: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mat. 10:37).


La causa de la división

         ¿Por qué experimentamos persecución y mala disposición por seguir al Príncipe de paz? La razón fue identificada por él mismo. Él dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mat. 10:34). La razón de tal división es la espada del Príncipe de paz.
         En el libro de Apocalipsis, en lenguaje simbólico Cristo es presentado con una espada de dos filos que sale de su boca (Apoc. 1:16), dando a entender el poder de sus palabras que se oponen al mundo en pecado. El apóstol Pablo dijo que la espada del Espíritu es la palabra de Dios (Ef. 6:17). El escritor a los hebreos dijo, “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4:12). La espada de Cristo, que produce división, es la palabra de Dios.
         Pero, ¿cómo es posible que la palabra de Dios cause división? Obviamente, no es por alguna deficiencia en la palabra. Sino por la reacción del mundo a la palabra. Si la gente acepta la palabra, habrá unidad (Jn. 17:20,21) y paz perdurable en los corazones (Jn. 14:27; 16:33).
         Recordemos, Jesucristo nos advirtió que habría división por causa de él. La razón de la división es que muchos rechazan su palabra. Y aunque la misión de Jesús se cumplió exitosamente, y podemos alcanzar la paz con Dios, no siempre hay paz con los hombres. Por lo tanto, si queremos ser seguidores de Cristo, debemos esforzarnos por ser fieles a él en todas las cosas, y no comprometer su verdad con el fin de llevarnos bien con los que andan en el error. Esto no es fácil. Podemos tener conflictos con aquellos que tenemos más cerca (Mat. 10:35,26) por causa de Cristo (Mat. 5:10-12).
         Debemos tomar la espada del Espíritu (Ef. 6:17). Esta espada, la palabra de Dios, es el instrumento adecuado para salir adelante y pelear la buena batalla de la fe (1 Tim. 6:12), “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Cor. 10:5).


El instrumento de paz

         El mismo instrumento que causa división (la palabra de Dios) trae la paz de Cristo a los corazones (Jn. 14:27). En el mismo contexto en el cual la palabra de Dios es señalada como “espada” (Ef. 6:17) es también señalada como “el evangelio de la paz” (Ef. 6:15). En un sentido, Cristo vino con una espada (Mat. 10:34), en otro sentido, “vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca” (Ef. 2:17).
         La misma palabra de Dios ocasiona división y paz. Depende de nuestra actitud hacia ella, de si la recibimos o la rechazamos. Para aquellos que aceptan la palabra de Dios, Cristo les da paz con Dios y con todos aquellos que obedecen el evangelio. No obstante, cuando la gente rechaza la palabra de Dios, habrá división. Ellos mismos permanecerán divididos de Dios y también separados del verdadero pueblo de Dios que permanece en su palabra (Jn. 8:31,32).

         ¿Qué hará usted estimado lector? ¿Se comprometerá con su familia, amigos, e incluso, hermanos errados para tener algún tipo de “paz”? ¿O se comprometerá con Cristo y su palabra siendo un discípulo verdadero y gozar así de la paz con Dios y con la verdadera iglesia del Señor?  

La decisión es suya, y de hecho ya la está tomando.

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